Había un grado
de sentido en el travestismo de Izra’il.
Aquellos que tenían la poca fortuna de haberlo conocido y sobrevivido al encuentro solían atribuirlo a su locura. Porque eso es lo que se solía decir, que Izra’il estaba loco, completamente fuera de sus cabales. En las calles de la ciudad, en el puerto, en la Catedral. A veces en el Teatro mismo. El rumor circulaba al punto de considerarse verdad: El Arlequín era el hermano insano de la triada Shaitan, impredecible, intratable y ridículo.
E Izra –como prefería ser llamado, le daba una nota de intimidad, de proximidad - lo oía y reía, como siempre lo hacía, danzando en los techos durante las noches de tormenta, su traje de diamantes rojos y negros reemplazado por su segundo favorito: un conjunto de bailarina con un largo tutú en un pálido rosa antiguo, malla acompañando en el mismo tono.
Después de
todo, él no se sentía orgulloso de su sentido estético por nada.
Pocos sabían de su existencia –de la suya propia, no de la de su tutú. Todo su entorno sabía del bendito tutú. Lo usaba seguido-, quizás debido a su narcisismo extremo que lo llevaba a disfrutar de su propia compañía más que la de los demás. Aunque su mundo era amplio, su círculo social era pequeño. Tenía unos pocos favoritos. Mephir era uno de ellos, al que solía encontrar en las pocas fábricas abandonadas de la ciudad, en territorio libre. Su falsa antisociabilidad lo enternecía. Queteb, terriblemente mental Queteb, en su departamento en el corazón de Gomorra. Disfrutaba destruír, una a una, sus teorías, descubrir uno a uno sus secretos. Salazar también, con él solía jugar a las cartas y al ajedrez. El hombre no era tan personalmente complejo como los otros dos, pero era un buen jugador y no habían muchos de esos en Gomorra. Aún así, eran pasatiempos. Personas que entibiaban su corazón por algunos instantes hasta que su atención, que de por sí era breve, se desviaba hacia un nuevo punto focal.
Luego estaban
sus hermanos, pero ellos no eran entretenimiento ni una tibieza en su corazón.
La gente podía decir que Izra´il estaba loco, pero en sí era una persona cuya
existencia estaba plenamente centrada. En sí mismo. Estaba el mundo, la gran
broma que era el mundo, con su miríada de seres viviendo en él. Una cantidad
interminable de entes que le eran indiferentes y no valían un segundo de su
atención. Y estaban sus hermanos, a los que sí notaba, quisiera o no, la
mayoría de las veces no, con sus existencias que se entrelazaban con la propia.
Suyos.
Existía Eblis, su hermana y rival, su mitad. Y Asmodeo… Bueno, Asmodeo era quizás un dedo, idealmente una uña. Un hongo en la uña del dedo gordo de uno de sus pies. Del pie derecho. Le gustaba más el izquierdo.
Pero podía
cederle un dedo a su hermano menor.
Por eso, en su
visión estaban ellos también. El mundo, sus hermanos. Y él. Ese era el punto
que aquellos que lo conocían fallaban en entender, salvo quizás por Sammael y
su hermana. Él existía y su propia existencia lo maravillaba, extendiéndose
hasta consumir su campo de visión completamente. ¿Cómo notar otra cosa?
Nada le era más
grandioso que él mismo.
Y le hacía
reír. Si el mundo le parecía una gran broma, él era el bromista mayor, el Gran
Arlequín, la Bailarina de Tormentas, abarcando la enormidad.
No, el hermano
del medio de la triada Shaitan no estaba loco, al contrario. Izra estaba
completamente consciente, dulcemente encantado consigo mismo y ciego a todo lo
demás, pasando su tiempo cubriendo su cuerpo en lentejuelas, en encajes, en
tutús y diamantes.
En mallas y
cascabeles, para que tintineen en sus oídos cada vez que extendía los brazos y
el mundo se apagaba a sus pies.
Era eso lo que
aquellos que cuestionaban su sanidad siempre fallaban en considerar. Eran
incapaces de ver el mundo de la forma en la que lo veía él. Pero lo harían.
Todos lo hacían eventualmente.
Y entendían,
quisieran o no, que él era lo único permanente en esa tierra que llamaban
Creación.
¿Loco? Muerte
era intensamente consciente de que la última risa siempre sería suya. Podía
darse el lujo de permitir que, mientras podían, los demás lo llamaran como
gustaran. ¿Cómo no hacerlo? Incluso sus cascabeles tronaban más alto que
cualquier palabra que pudieran gritar.
Su visión era,
simplemente, diferente a la de los demás.
(c)2003-2013 Paula Andrade/Gutter Glitter. Todos los derechos reservados
1 comment:
"danzando en los techos durante las noches de tormenta, su traje de diamantes rojos y negros reemplazado por su segundo favorito: un conjunto de bailarina con un largo tutú en un pálido rosa antiguo, malla acompañando en el mismo tono."
Genial, igual como que le falto el vaso con whisky... Izra, nunca deja de sorprender...
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